Los Pacientes Olvidados



Los Pacientes Olvidados. Parte 1 de 4

La industria de la salud mental ignora las 35.000 personas al año que se suicidan.

Existe muy poco interés para investigar el origen de los suicidios.

El siguiente artículo se publicó en la Revista Forbes por Robert Langreth y Rebecca Ruiz en septiembre de 2010. Dada la importancia para la comunidad interesada en el Trastorno de Personalidad Límite a continuación transcribimos la primera de cuatro partes.

Alexsandra Wixom comenzó a experimentar ataques incontrolables de tristeza a la edad de 15 años. Estaba emocionalmente destrozada. “Lloraba todo el tiempo”, recuerda la residente de Seattle, actualmente de 25 años. Sus cambios de ánimo se volvieron tan desenfrenados, que la estudiante de honores tuvo que dejar la escuela preparatoria. En los siguientes ocho años le atendió un psiquiatra cada dos semanas. Sus médicos trataron de todo, desde Zoloft, estabilizadores del estado de ánimo y hasta antipsicóticos muy fuertes, pero ninguno ayudó por mucho tiempo.

En su adolescencia las visiones de suicidio comenzaron a flotar a través de su mente. En una pesadilla era un personaje de un videojuego que yacía sangrando en la parte superior de un castillo y quería morir. En su cumpleaños, el 21 en diciembre de 2005 sus impulsos llegaron a ser tan intensos que Wixom se internó por su propia cuenta en un hospital durante una semana. Su segunda hospitalización llegó a principios de 2007, cuando ella fue atacada con un deseo de morir mientras hacía compras de comestibles. Un mes más tarde terminó en el hospital por tercera vez al triplicar su cóctel diario de medicamentos psiquiátricos con la esperanza de envenenarse a sí misma.

Su comportamiento podría haber aumentado hasta llegar a un final trágico. Pero después de su última hospitalización Wixom fue referida con la psicóloga de la Universidad de Washington Marsha Linehan, una investigadora de los pocos que se especializan en pacientes suicidas. Linehan le diagnosticó Trastorno Límite de Personalidad, una incapacidad extrema para regular los estados de ánimo y le prescribió un tipo de ayuda llamada Terapia Dialéctico Conductual (TDC).

Wixom pasó el año siguiente en sesiones de grupo e individuales aprendiendo habilidades prácticas para manejar sus emociones y evitar que se salieran fuera de control. Éstas incluyeron técnicas de tolerancia a la angustia como sumergir su cabeza en agua helada, idear maneras para distraerse a sí misma cuando surgieran malos pensamientos y el aprendizaje para no caer en conclusiones precipitadas de que un día malo implica una vida miserable. Desde entonces no ha sido hospitalizada. “TDC es lo mejor en el mundo. Cambió mi vida”, dice Wixom, quien se casó a la mitad del camino de la terapia y está criando dos hijas, de 10 meses y 2 años. Ahora con un diploma de la escuela preparatoria y un título de asociado, cursa una carrera en marketing online. “Nadie en mi barco debe estar sin esto” dice Wixom.

Pocos pacientes suicidas logran tener tan buen tratamiento. Aproximadamente 35,000 estadounidenses se suicidan cada año–más de los que mueren de cáncer de próstata o la enfermedad de Parkinson. Aproximadamente 1,1 millones de personas hacen el intento, mientras que 8 millones tienen pensamientos suicidas. Es la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 25 años. Sin embargo los investigadores asombrosamente saben poco acerca de cómo tratar a las personas que contemplan la posibilidad de matarse a sí mismos. El tema ha sido ignorado tan rotundamente que la Biblia de la Psiquiatría de 900 páginas, El Diagnóstico y Manual de Estadística de Desórdenes Mentales IV, no ofrece ningún asesoramiento para los médicos sobre cómo evaluar el riesgo de suicidio.

El miedo, la logística, el poco financiamiento para la investigación y más riesgo que recompensa para las compañías fabricantes de medicamentos, todos conspiran para hacer del suicidio la enfermedad olvidada. El Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos de Norteamérica, está gastando la miseria de 40 millones de dólares en 2010 para estudiar el suicidio, frente a 3,100 millones de dólares para la investigación sobre el SIDA, que mata a la mitad del número arriba mencionado de estadounidenses. (Otra agencia de Gobierno gasta 48 millones de dólares en líneas telefónicas de emergencia y prevención). Los terapeutas a menudo no quieren tratar a los pacientes suicidas, y las juntas de revisión de estudios clínicos de las universidades son muy renuentes a estudiarlos, dice Linehan de la Universidad de Washington.

Las grandes compañías farmacéuticas rutinariamente excluyen a pacientes suicidas de sus pruebas de antidepresivos y otras drogas. No hay ningún imperativo comercial para salirse del limbo. Ensayos en pacientes de riesgo costarían millones de dólares y podrían tardar años en realizarse; podrían producir resultados sombríos ó algo peor aún. Un suicidio en el grupo de drogas podría ser utilizado por la competencia para destruir incluso a un fármaco prometedor. La amenaza legal es real. GlaxoSmithkline ha pagado unos 390 millones de dólares para resolver litigios relacionados con los pacientes que han intentado o cometido el suicidio estando bajo tratamiento de Paxil, según estimaciones de Bloomberg News.

Como resultado, los expertos en salud mental tienen pocos datos acerca de qué tratamientos funcionan en aquéllos propensos al suicidio. En los pacientes más jóvenes los antidepresivos a veces son contraproducentes. Los pacientes suicidas terminan en la sala de emergencias, donde no hay ningún estándar claro además de la hospitalización. Un método no probado es hacer que la gente firme pactos prometiendo no hacerse daño a sí mismos antes de la cita siguiente.

“Se podría pensar que sería el pan y la mantequilla para la psiquiatría,” dice la psiquiatra Ross Baldessarini de la Facultad de Medicina de Harvard, cuyos estudios han demostrado que la vieja droga de litio puede ser especialmente eficaz para sofocar los impulsos suicidas. “Pero la investigación terapéutica ha sido muy limitada”. Cuando organizó una Conferencia sobre el tema en la década de 1990, “nadie tenía nada que decir”, recuerda la Psicóloga de la Universidad de Columbia Bárbara Stanley quien dice, “Es una de las áreas menos investigadas de todas las de psiquiatría”.

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